Una de las cosas mas controversiales y decepcionantes que me tocó vivir en mi formación como artista, fue el hecho de entender que las artes no son democráticas. Son exaltadoras de las mayores virtudes de los seres humanos, si. Pero se rige por otras leyes, por otras lógicas.
Para empezar, existen jerarquías. Estas son establecidas, por ejemplo, por la profundidad de los conocimientos y la calidad del resultado alcanzado. No interesa la fama o la cantidad de guarismos en la cuenta bancaria, los verdaderos maestros tienen una mística, un aura especial que los hace distintos, y por lo tanto tienen ciertas licencias, ciertos créditos para correr riesgos, para experimentar e innovar.
No toda aquella persona que desea dedicarse a una disciplina artística está tocada por las musas ni reúne las características necesarias para abrirse paso en la jungla (o el panteón, según desde donde se lo mire) de los espacios disponibles para dichas actividades.
Para el caso de la música, en apariencia, en los últimos años esa situación pudo contrarrestarse un poco, al modificarse los canales de difusión, impusados por la irrupción de los recursos tecnológicos, mucho mas veloces de lo que pudieramos darnos cuenta. Como resultado, Millones de músicos tenemos acceso a dispositivos más que decentes para la manipulación del audio a precios posibles de afrontar, incluso en países pobres, y la oferta de música independiente creció exponencialmente.
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Virtualmente, cualquiera es capaz de difundir sus creaciones en cualquier lugar del mundo. Solo depende de su capacidad para llamar la atención de sus oyentes, esquivar los obstáculos establecidos por quienes facilitan los canales, empleando algoritmos que limitan el alcance de las publicaciones a menos que se pague por su publicidad, o que se trate de un contenido viral (algo equivalente a ganar la lotería) y estar dotado de un contenido que sustente las razones por las cuales queremos que nos escuchen.
Si, de alguna manera, las posibilidades de triunfar con la música son mucho mas democráticas que hace unas décadas. El género, el lugar de residencia, el idioma y otros aspectos siguen siendo factores que condicionan mucho el cumplimiento de esta afirmación.
¿Y qué hay del acceso a la cultura por parte del público? ¿Qué hay de nuestros oyentes, de los consumidores de los bienes que elaboramos?
Nunca pude asistir a un festival masivo de música. Sueño con asistir a Loolapalooza, por ejemplo. Estoy seguro que organizando mis finanzas puedo afrontarlo. Pero soy consciente de que una inmensa cantidad de gente ni se lo propone. Y probablemente se trate de una experiencia que potencialmente podría cambiarle la vida. ¿Por que no? Yo no tengo dudas de que haber tenido acceso de niño a las salas de concierto de mi ciudad me cambió la vida. Recorrer los pasillos, visitar tras bambalinas, camarines, maquinarias, y demás sitios ocultos y privados de los teatros San Martín y Alberdi, de Tucumán, definieron determinantemente mi elección de vida en la música. No podría, pues, negar la importancia que tiene el acceso a la cultura en la vida de las personas.
Existen espectáculos de diferentes niveles. Eso lo expongo en los primeros párrafos. Las jerarquías están establecidas por múltiples factores. No vale lo mismo el derecho de espectáculo de una banda de inexpertos adolescentes haciendo sus primeros shows en el pub de su barrio, que la entrada a una sala de conciertos para ver a un artista consagrado junto a una producción que incluye aspectos logísticos y técnicos invisibles a primera vista. Eso es una obviedad indiscutible (¿Lo es para todo el mundo?)
Ahora bien, ¿quien tiene derecho a asistir a uno y otro evento? ¿Está bien que el principal criterio sea el poder adquisitivo de los asistentes?
Si yo entendí bien, esta pregunta engloba el espíritu por el cual se creó hace 61 años el Septiembre Musical en la provincia de Tucumán. Dar a la población el acceso a eventos culturales de jerarquía internacional, que habitualmente, y por sus propios medios, les sería imposible disfrutar. Por extensión, entiendo que la mayoría de las acciones del sector público en materia cultural tienden hacia esa premisa de generar la democratización de la cultura.
Podríamos pasar temporadas enteras argumentando si la cultura pública debe ser elitista, popular, eurocentrista, etnocentrista, inclusiva, universalista, desarrollista, y un muy largo etcétera. Pero lo cierto es que no toda la actividad cultural puede ni debe estar vinculada a la acción del estado. Y es en este sector privado/independiente donde deseo poner el foco esta vez.
Por definición “se entiende por economía sostenible un patrón de crecimiento que concilie el desarrollo económico, social y ambiental en una economía productiva y competitiva, que favorezca el empleo de calidad, la igualdad de oportunidades y la cohesión social, y que garantice el respeto ambiental y el uso racional de los recursos naturales, de forma que permita satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las generaciones futuras para atender sus propias necesidades”
Dicho en criollo, una actividad sostenible es aquella capaz de generar los recursos suficientes para que quien la practica pueda vivir de ella. En este caso, no se está planteando de manera individual, si no colectiva. Porque no hay dudas de que hay un sector de músicos que viven de la música, pero hay una gran cantidad de personas que la practican de modo deficitario, precisando complementar con otros trabajos para satisfacer sus necesidades económicas, De algún modo, son auto-sponsors.
Esta precarización del sector no necesariamente implica una producción artística de baja calidad, pero si es un gran obstáculo a la hora de competir de igual a igual con artistas que arriban de otros escenarios, con estandares de producción a otro nivel. En muchos casos se trata simplemente de una planificación con recursos económicos mas holgados, y no precisamente un mejor producto.
Me encantaría explayarme acerca de los sistemas de creencias de los artistas locales y su público. Probablemente lo haga en algún otro escrito. Pero hoy quisiera expresar lo siguiente: Es muy común que anteceda el prejuicio, en relación a los artistas locales, de que todo lo propio es peor, y por ende todo lo foráneo es mejor. Ese prejuicio puede ser vencido, pero propone un punto de partida en desventaja, un handicap en desmedro de una propuesta vernácula.
No es mi intención plantear una queja. Las cosas son como son y así se presentan las reglas del juego, los desafíos que hay que sortear. Simplemente, me interesa proponer como objetivo principal de la comunidad artística, aunar los esfuerzos para crear una industria de la música pujante, sostenible, rentable, digna de orgullo para toda la región.
Aquí volvemos a los sistemas de creencias, necesariamente. ¿Qué se entiende por industria de la música?
Antes de expresar mi visión del tema, preciso explicar que me he topado con gente del ambiente, incluso tratándose de gente experimentada e instruida, que se opone frontalmente al concepto de "industria". Al parecer existe una romantización heredada de generaciones anteriores, que ubica a la actividad musical en un sitio sacralizado, casi como una reserva natural que debe mantenerse inalterada, que no debe ser pervertida por el dinero y sus alcances. Hay quienes afirman que mantener la música alejada de la actividad comercial permite conservar la identidad y el hecho artístico genuino, sin manierismos, sin tendencias y transculturizaciones globalizantes que nos haga repetir fórmulas de manera serial, carente de alma y de expresión honesta. Lamentablemente, ese objetivo no se logra, y las carencias originadas por la falta de rédito económico para las producciones musicales limita antes que propicia alcanzar dichos objetivos.
Ahora bien, ¿que es industria? Es una actividad económica y técnica que consiste en transformar las materias primas hasta convertirlas en productos adecuados para satisfacer las necesidades del ser humano. Y hablando específicamente de la industria musical,
Parece claro que los productos que se ofrecen para satisfacer la demanda de usuarios son las canciones, los shows, los discos, y todo lo que pueda significar un "servicio" a cambio del cual los productores (sean o no artistas) perciben un retorno económico. Ahora bien, cual sería la materia prima? Bien, nada mas y nada menos que los mismos artistas, su talento, su sonido, su imagen, pero sobre todas las cosas, las ideas. La industria musical es principalmente una industria de intercambio de bienes intangibles (los discos serían solamente el soporte, no el bien en si mismo)
Se suele descartar el concepto de "industria", puesto que muchas de las tareas que se realizan son artesanales. Parece que la forma de explotación laboral ha copado el imaginario de lo que es y lo que no es industria, con sus cadenas de producción y montaje a lo "tiempos modernos"
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http://www.polvo.com.ar/2018/03/charles-chaplin/ |
Me explayé demasiado. Lo que intento expresar es que plantear una industria de la música a nivel local implicaría un sinnúmero de ventajas y efectos secundarios mas que positivos.
Tal como copié y pegué mas arriba, se trata de propiciar la generación de trabajo genuino para el sector, reconociendo a cada eslabón de la cadena de valor, jerarquizando y elevando la vara de calidad, de profesionalización y de especialización.
Como efecto paralelo, para nada secundario, está la identificación que la sociedad adopta con sus artistas, otorgándole un valor de representatividad, de orgullo por lo propio, desarrollando nuevos aspectos identitarios, modeladores de la cultura tanto como espejo de ella.